Cuarto día de tormenta

Esa mañana fue…pues como todas las mañanas. Ella se despertó acompañada de los Rolling Stones, se levantó a duras penas y se estiró. Contempló el infinito a través de la ventana durante lo que parecieron horas, mientras que su cerebro luchaba por no abandonarse de nuevo al sueño. Una ducha, un café y dos pasadas de corrector de ojeras después, ya estaba preparada para otro día de trabajo. Y pasó la mañana…

Sobre las tres, entró en el coche y se dirigió a la ferretería. Por alguna absurda razón, la única cosa que tenía que hacer esa tarde era comprar un destornillador. Y era importante. Por un trabajo que habría que hacer al día siguiente, le habían dicho.

El destino quiso que la ferretería del pueblo estuviese cerrada. Con un suspiro, cambió de dirección y se adentró en la Autopista 4 hacia Buenos Aires Este. Después de unos 10 minutos, empezó a llover. Y lo que era lluvia, se transformó en un auténtico aguacero en el que Noé podría haber realizado su milagro. Decidió parar. Pensándolo bien, solo tenía que comprar un destornillador, así que no había prisa. Media hora y tres frecuencias de radio después, arrancó de nuevo el motor.

Lo que pasó después no es interesante. Llegó a su destino, compró el destornillador, pidió el recibo y volvió a casa. Pero lo que encontró después, eso sí es interesante.

Subió a paso esbelto los tres pisos que la separaban de casa. Metió la llave en la cerradura y, cuando abrió la puerta, allí estaban puente, rosas, sueño, invisible, viaje, peregrino, mes, discusión, oda, misterio, lugar, … Las palabras volaban por la habitación, desordenadas, golpeándose, amándose descaradamente, haciendo piruetas y dividiéndose. Otras acariciaban a los verbos y hacían nacer ideas. Eran de colores, monocromáticas y hasta de neón. Entonces Ella se dio cuenta: al dejar abierta la ventana esa mañana, el agua de lluvia de la tormenta había entrado y mojado el libro que estaba apoyado sobre la repisa. Y eso es lo que pasaba cuando uno dejaba un libro mojarse bajo la lluvia de la tormenta: las palabras, como los cuerpos, se liberan y crean poesía.

A partir de ese momento, y por si llovía, decidió que dejaría siempre la ventana abierta. 

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